jueves, 26 de marzo de 2015

Los Antiguos Muertos de las Nubes



I

Un relámpago es una señal, es el resultado de una fricción energética entre la tierra y las nubes, es un fenómeno natural que podría englobar al mismo tiempo, en una visión metafórica, la idea de la dualidad que simula la actuación de dos direcciones escritas en la esencia de los seres humanos y que no pueden ir juntas, lo positivo y lo negativo. La expansión sonora producto del choque entre el aire frío y el aire caliente que deja el rayo dentro de la atmósfera terrestre, esa fricción de dos temperaturas donde nace el trueno, es también la propagación de la voz poética dentro de Esta ciudad es una tumba para los relámpagos del  poeta venezolano  Dannybal  Reyes Umbría.  

Un relámpago, y todo lo que de acuerdo a nuestra vida y experiencias signifique, siempre poseerá el marco de lo instantáneo, de lo efímero e iluminador, y que invariablemente detrás de sí arrastra el puño del sonido, un sonido que nunca podemos calcular con precisión, que está unido casi al mismo tiempo a la luz, y que por velocidad, por su espesura, nos llega por la espalda y nos atraca. Un trueno se escucha en toda una ciudad. Pero la ciudad del Poeta Dannybal Reyes Umbría, es otra, en la suya los rayos van a morir, van a descansar su eternidad eléctrica y vibratoria que se escucha hasta encima de las lápidas, edificios, anuncios, iglesias, bares, y calles precariamente iluminadas.  

Una ciudad de significados prismáticos enmarcada en 60 postales, 60 poemas que retratan las revelaciones de la luz de la visión diaria, la crítica, la social, y la visión de sí mismo. Poemas, que al igual que las postales, no necesitan sobres, la dimensión del espacio para la escritura exige la síntesis. Es una obra inscrita en la exaltación de la imagen, de la visión sin demasiada descripción, sin lirismo, sólo que en el caso de Reyes Umbría, a pesar de lo económico en su lenguaje que responde estrictamente a la referencia de su marco (la postal), cada tarjeta, cada texto, en una sincronía parecida al ciclo de la lluvia, nos comienza a pintar una ciudad alumbrada por el rayo de la búsqueda del amor, la búsqueda de sí mismo, la búsqueda incluso, de un país.






II

  

Un río sucio que no corre, se arrastra.

Retrata el poeta en los últimos versos de la  Postal I, y ya desde el comienzo, en ese primer Cuadrante  (El libro está más que dividido en cuatro cuadrantes, unido por ellos) desde esa primera impresión lingüística del paisaje, denota la espesura, una niebla, un movimiento carente de colores.

Todo una mirada.

Concluye el poeta en su segunda postal. Ese sentimiento de perplejidad, nos hace imaginar por un momento la condición de que quien se descubre habitante de sí mismo, y la extensión de esa sensación hasta sentirse a través de la mirada, realmente habitante de un espacio propio hecho cuerpo, al que se le suman todas las relaciones que sostienen ese complejo tejido humano donde vivimos y morimos, cercado por la regularización de lo social, dirigido y regulado por el poder, es allí donde Dannybal Reyes Umbría dibuja la tormenta, su espeso paso de nubes negras, y de una sangre pálida cuando anochece.

Los barrios, los edificios, los callejones, toda la geografía reconocible, manejable, la que conocemos por su olor, su peligro, su calidez, y por lo doloroso y lo hermoso, recorren el álbum de postales de ciudad donde la luz está bajo la tierra, donde el poeta y el hombre se exponen sin sobres al empuje social, un hombre que reconoce la posibilidad de ser dueño de sí, de sus actos, así de difícilmente sencillo:

siempre camino con mi corazón de paloma
siempre espero rescatar un perro
soy alegre como un niño que come
con hambre.                            

Postal VI

El relámpago, la descarga eléctrica, que lleva dentro de sí su grave sonido y fatal consecuencia, aclara y aparece en el goce físico, en la visión que se prolonga y agudiza de cuadrante a cuadrante, y cada postal, a pesar de ir reduciendo más sus dimensiones verbales, nos va adentrando en una historia, en la conciencia de la vivencia de un ciclo natural e interminable, podría ser el viaje eterno del hombre, que se cuenta de hombre a hombre:

Yo conozco estos líquidos caminos
de los que hablaba mi padre.

Postal XXV.

Pero no es sino hasta la Postal XXVIII, donde el clima cambia, donde la ciudad de afuera, la de piedra, la de paredes llenas de grafitis, de bloques rojos, iglesias, y bares, comienza a convertirse en una ciudad más biomecánica, que come, que huele, que toca, que besa, que piensa, y sobre todo, que siente:

Una pierna y otra pierna
un brazo y otro brazo
un seno y otro seno
un vientre y su dorso
una voz sobre todo
mi cuerpo sobre otro cuerpo
así comenzó.

Inmediatamente en la siguiente postal nos declara:

he aquí un cuerpo
grité por horas en una calle
de gente enferma.

El relámpago, la iluminación, su hermosura, la posesión de lo deseado y su confusión aparecen entonces en la Postal XXI, la purificación del fuego paradójicamente, deviene de su lúdico uso, metafóricamente hablando:

Quería apagarla con las manos
pero era un incendio
ondulación de llamas
agitándose a mi lado.

Y nuevamente, inmediatamente, como el sonido que viene arrastrándose detrás del rayo, el desconcierto, las fases de un solapado desengaño, inevitable, debido a la redondez carcelaria de nuestra condición automática, ciega, y precariamente humana:

De todo lo que aquí estaba
apenas quedan las señales
alguien se hartó de tus piernas.

Postal  XXV

Apenas en un punto de culminación eléctrica, aparece entonces la rasgadura, la lluvia que saca el humo de la tierra y las cosas que ardían y ardieron, y que luego sólo quedan expuesta a los vapores que asfixian:

Llovió entonces
en el lugar preciso

Al paso de la lluvia y el trueno, aparece entonces el apego por el refrescamiento, por lo que sana el deseo, la herida del fuego físico y que a su vez, con cada roce líquido, aviva el dolor, un ir y venir del fuego al agua, y del agua al fuego:

Qué podría yo decir
una batalla interminable.

Traza el poeta al final de unas de las 60 postales que testifican la historia de un relámpago que se enamoró de la tierra cuando la vio mojada, cuando comprendió que lo que anunciaba la rama seca de su cuerpo eléctrico, el presagio de su luz, no es más que la viva causa de su existencia y su muerte simultáneamente:

un largo territorio de truenos
        sorbo
de tierra húmeda
o la urgencia de tu sexo.     

Postal XLVIII

O

Otra vez ocultándome en tus cabellos
mientras la lluvia cae
abrigo de cegueras

O como afirma en la Postal LII, el agua, el cuerpo de la lluvia, y el cuerpo de la compañía,  se torna fluvial, se desliza por la piel de la tierra hasta sus altares de piedra.

eres río que vuelve a la montaña
invisible debajo de las sábanas.

El lenguaje  de Esta ciudad es una tumba para los relámpagos, la velocidad entre una imagen y otra soldada a los versos cortos, como respiraciones agitadas, rompen la manera habitual de lectura, cada cuadrante trae consigo una imagen que encaja en el siguiente, dejándonos a la espera de un desenlace que no palpamos a simple vista, como si el poeta dejara ante nosotros la escritura de esa última postal, de ese último poema, de esa última gota de lluvia, o esa primera, con la que empieza o acaba el invierno, no sin antes la presencia de los relámpagos, no sin la autoridad de los truenos, que con este libro de Dannybal Reyes Umbría, asociamos a las plegarias de los antiguos muertos de las nubes, y mientras oramos y pedimos a Santa Bárbara que aplaque la tempestad del cielo, ellos no hacen más que pedir y orar por sus rayos, sus relámpagos enterrados en la ciudad que ahora es su tumba.




Víctor Manuel Pinto


miércoles, 25 de marzo de 2015

Otto de Sola



EN LOS CUATRO SIGLOS DE VALENCIA

I

Antes de tu nacer, de tu raza de piedra, eras la selva
con inquieto diamente en las hojas tropicales.
la eternidad olfateaba la cáscara vacía de los muertos
            volcanes
y el fuego era soplado, como una noche roja,
por los indios desnudos.
El fuego allí crecía, tenía alas perversas,
derrumbaba los ceibos como negros lingotes planetarios
pasaba por los ríos despertando esas bestias fluviales
que se arrancan del pecho toda la oscuridad.

Antes de tu nacer, de tu raza de piedra, el viento detenía
            las águilas nocturnas;
las buenas, se quedaban, pero las malas nunca cerraron su plumaje
para seguir llevando pellejos a las cuevas.
Tu raza de piedra es raza de ciclones.
En la entraña de la piedra dormida deja el tiempo,
            a menudo, la lengua de los astros,
se amamantan los astros
en esas grandes tetas de tiniebla
y después, con mil golpes, saliendo de lo oscuro
del fondo de los dioses minerales, como salvajes monos enlutados,
los astros se iluminan, abandonan las capas de los muertos,
la tiniebla heredada en el rudo contacto con la noche,
            con la muerte,
con el fondo del mar.

Los astros se iluminan y en finos movimientos
penetran silenciosos entre las anchas hojas del tabaco,
allá en los precipicios, vestidos con espejos, penetran sin
            romper
la luminosa patria del rocío.



II

Ahora está construida la claridad del mundo.
La raza de la piedra tendrá su corazón:
¿Una ciudad? ¿Un sueño?
¿Un mordisco profundo en los volcanes?
Tendrá nueva ciudad la raza de la piedra
en cuanto llegue el hombre
con espesa armadura de caimanes,

blanco, como la nieve, con botas españolas.




Otto de Sola en 1954 (Reproducción fotográfica de H. López Orihuela)






Otto de Sola. Poeta. (Valencia, Venezuela, 1912 - Palma de Mallorca, España, 1925)


martes, 24 de marzo de 2015

Lamento Jíbaro



Todo aquél que anda de noche arrastrando las cadenas, lleva un dolor en el alma y va ocultando una pena.

Lamento Jibaro
El Gran Combo de Puerto de Rico.




¿Qué es la poesía?, ¿Quién la hace?, ¿Para qué sirve?, ¿Quién la valora? A lo largo de la historia de este género de la literatura, los hombres han engordado de respuestas a estas preguntas, y cada una, independientemente de su veracidad o no, ha servido como base para enmarcar, catalogar, incluir y marginar, a quienes en teoría se han proporcionado un concepto de este género literario a través del trabajo propio, o ajeno, apoyados en el estudio de otras obras. Existen quienes le han dado un provecho, otorgándole una funcionalidad dentro de la sociedad, y abundan, quienes se han atrevido, basados en sus propias ideas, juicios y subjetividades, a clasificar e identificar la calidad de lo que como poesía se concibe. En fin, sería una tarea kafkiana tratar de poner la cruz en el mapa histórico de la expresión de los hombres, y saber en qué momento el canto a la tierra y la lluvia del aborigen, se convirtió en el espacio para el desarrollo de la confesión de nuestras intimidades, sostenidas en flacas estructuras formarles de la lengua, siempre encaminadas a la complacencia del gusto externo; todo esto, en nuestra lamentable comodidad, a solas.


 Para el hombre que violentando las leyes de los hombres encaminó su propia vida a la limitación de sus libertades ciudadanas,  los elementos comunicativos inherentes a sí mismo, adquieren una nueva y mayor significación dentro de su confinamiento. Para el preso de su condición psicológica, el preso de su estado emocional, para el preso de su terrible condición y marginación social, el lenguaje puede convertirse en un chuzo agudo para defenderse de sus propios enemigos y demonios. Para ese ser humano confinado a la celda y a la lotería fatal de los pabellones penales, el silencio y la soledad de un calabozo no es más que el patio donde se baten a duelo sus pensamientos, hechos bulla mental, recreados en asociaciones ilusorias, en proyecciones que se repiten y repiten hasta llevarlo al reflejo físico de la ansiedad. El que preso así vive y muere bajo el sello de defectuoso, de escoria de la masa educada y civil que nos suponemos, el lenguaje puede ser el lugar común de una llave, donde a través de la expresión de su mundo interior matizado con la red simbólica de su entorno, encontremos precisamente ese lugar donde somos comunes, donde el lamento es el canto de la constatación de nuestra semejanza en la vulnerabilidad.


Para estos hombres la importancia de una respuesta esnobista, pretensiosamente certera, a lo que es la poesía no tiene cabida. No quieren, menos buscan, una posición dentro de un  mundo literario que denote sus existencias, lo que son frente al hecho expresivo de buscarse, nombrarse, negarse o reafirmarse a través del lenguaje desde sus singulares condiciones. Estos hombres venezolanos en varias prisiones del país, escriben y reflexionan sobre sí mismos y su escritura, lo hacen desde el furor agridulce del lamento, desde adentro hacia afuera, con la clara contundencia de quien se observa y descubre su realidad inmediata, su presente más exacto, en silencio, y a solas.



Víctor Manuel Pinto





Los textos seleccionados para esta muestra fueron escritos por privados de libertad en varios centros penitenciarios venezolanos, y se encuentran incluidos en libros antológicos sobre literatura penitenciaria. Fueron revisados los trabajos de la religiosa Marita King (Los presos también sueñan) así como varios volúmenes preparados por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, dentro del sistema nacional de talleres literarios en espacios no convencionales.




lunes, 9 de marzo de 2015

My sad boys, from Bronca City




La mayor parte de lo que asumimos como poesía no es más que inercia. Cartuchos lacrimógenos de la intimidad emocional, abstractos algoritmos lingüísticos y superficiales retocados con el matiz de expresión a la venta, completan los opacos remanentes de una búsqueda desesperada de aprobación que ha anulado por completo al poeta. Justificar su condición de ser sensible, y ser llevado en hombros como vocero espiritual de la marcha, ser algo, alguien en la vida, son ahora sus preocupaciones trascendentales. Construye su juicio, su criterio, a partir de las leyes de los Santos Tribunales de la Palabra, besa las manos de los Doctos Sacerdotes del Libro. Sin cuestionar, sin cuestionarse, seguro de saberse elegido indiscutible de la verdad, acepta, dice que sí moviendo la cabeza para engolosinarse con su propia imagen. Se le ha convidado a seguir la cadena de mando y aceptó. Casi toda la palabrería que asumimos pasivamente como poesía, es sólo el coqueteo con el portero que porta el sello de la canonización divina: el triunfo del ascenso al olimpo de los cocteles y la página social, ¿Y por qué no?  Un merecidísimo ascenso de clase. Eso es surgir, eso es la vida, eso es triunfar, Oh poeta de los laureles. Y ahí está, entonces liquidado. Nada se puede hacer. Es, nuestro miserable poeta, al decir de los reclusos del penal de Tocuyito, triste, lo que significa: condenado a morir

Nada más lejano del poeta Antonio Robles (Coro, 1964) que el martirio de una condición de elegido intocable, o del vergonzoso servilismo a los tribunales de la imposición de la poesía oficial y su brindis champanizado. Sin embargo, Robles también nació como millones de venezolanos bajo una sentencia histórica que prescribió implacablemente la realización de su cometido en la cultura nacional; toda la masacre y el saqueo que sufrieron nuestros aborígenes, la desaparición de lenguas y legados ancestrales, los horrores de la esclavitud en el siglo XIX, y de su solapada continuidad en el XX, han sido cobardemente disimulados por la historia oficial, y vendidos como sucesos fraternos y pacíficos, con eufemismos domingueros como intercambio de las cosmovisiones del mundo. Así ilustraron los libros de historia, con aborígenes arrodillados frente a una cruz, así empalaron nuestro origen. Todo para enmascarar al crimen, la tortura y el asesinato de la Conquista, que siempre está mutando su forma. Nuestros pueblos aborígenes desde el Caribe hasta los Andes, y en toda la tierra extendida de polo a polo de este lado del mar, nuestros negros, y más tarde nuestros obreros, en fin, todos los pobres de América, han sido tristes bajo las imposiciones militares, culturales, sociales y económicas de las perennes ansias  de conquista de los poderosos. Más tarde, cualquier intento por desarrollar y encaminar un arte propio, nuestro, fue inmediatamente etiquetado de popular, escondiendo bajo el adjetivo un profundo desprecio y una minimización de esos esfuerzos y modelos de expresión, como si se tratara de darles un apellido por lástima, un consuelo que le permitiera existir al margen del gran arte universal y sagrado. La poesía no escapó a estos hechos, y el poeta calló. Sólo se encargó de sus angustias de turno, románticamente tardío y decadente, afrancesado hasta en los gestos casi todo el siglo XX.


 La  ciudad de  la  bronca no es precisamente esa                  impecable ciudad de  la  furia
                                                                                                           Diego Sequera                                                                                                                                                       
In da Club - Me time, Nigel Cooke (2010)



Dolorosamente pocas, y no por eso menos esperanzadoras han sido las voces de poetas que han buscado en su trabajo con el lenguaje una expresión más genuina, acoplada a su realidad continental, nacional. Ahondando en su idioma con el temblor de quien encuentra una devastación, y enarbola su escritura así, guerrera, Caribe, sin complejos. Como un conquistado que usa las armas del conquistador. Les llamaron ingenuos, provincianos, marginales; Antonio Robles, es uno de esos poetas.


Señoras y señores que se ruborizan frente al malandreo lírico de un hombre que se sabe embroncado y fugitivo por violar el buen gusto con su verso jíbaro. Que habla a sí mismo y a su gente con el efecto alucinógeno de las armas mediáticas del invasor, que toma la sermoneada omnipresencia del Cristo crucificado de la conquista, y en él Cristo de los pobres, para caminar por Brooklyn y el Bronx sin Visa ni documentos. He aquí un poeta con el espíritu arrebatado a 200 km por hora y armado con los duendes de las serranías de Falcón, este poeta llega y lo hace con todo, de frente, viene a reclamar lo que le pertenece, este es el chamán místico de la tribu malandra, de los que pierden, los que vacilan y alucinan. En el nombre del Cristo de las navajas, tristes de la tierra, he aquí al poeta Antonio Robles.






Bronca City



Aquellos vehículos último modelo
De hermosos colores –azul marino - blanco marfil - gris plateado
-que imploraban ser robados
Y de pronto uno volaba en un auto de esos
La libertad sobre un auto robado a 200km por hora
Detenerse y ser atrapado es el final
El establishment ronda frenético y entona la canción del apartheid cósmico.
Calles de Brooklyn – New jersey o Caracas – qué importa si
Esto es un simple poema
El hijo del hombre es invocado y perseguido en una Blazer a 200 km por hora
Y el verbo se hizo carne a 200 km por hora
Redentor -  maestro – mesías – no permitas que la ley me atrape
¿Y Grand Blazer tú me amas?
Dejad que los Cadillacs y los Lincolns se acerquen a mí
La velocidad es una ecuación física
Un sofisticado fugitivo orando a 200 km por hora es una ecuación mística

Nena ven conmigo – ven – ven sólo con tus cosas más extrañas en la ruta
al paraíso perdido
Nena ven que dos pieles extraviadas forman una plegaria nocturna

A los del ghetto la velocidad nos convierte en aves grises
Tremenda bronca existencial tranzar con los cuervos de neón
Deducir con exactitud como el futuro danzará en nuestros signos vitales.

Deducir – presagiar – ver más allá del presente
Eternidad -  eternidad infinita en toda su dimensión
Mi plegaria es más impredecible que todo el surrealismo acumulado
Padre nuestro que huyes conmigo a 200 km por hora
No quiero agonizar como el McMurphy de atrapado sin salida
El meteoro de la infancia – el buen chico de la película – todo
le sale bien – balurdo como un burócrata
El enmascarado tenía más poesía
Aún no presagio el estrellón – el desplome final
Creo en la huida a toda velocidad todopoderosa creadora del cielo y de la tierra
Dios no es propietario de autos de lujo
El maestro huye – el mesías es perseguido
Bienaventurados los que...................................................................................................

“No dejéis de mirar el vuelo en la freeway a tremenda velocidad”
La velocidad de la luz arrastrando la intrascendencia de nuestras vidas
Toda forma de horror – toda forma de avance – todo verbo tenebroso implica huida.

Ya no hay tiempo de incinerar la paz de los templos
Un chamán del barrio siempre me dice: “Las jevas no les paran a los limpios”
Una raya más

Nena ven – ven – ven que si vuelas conmigo serás mística
Ven que si no vuelas serás una putica más bailando en el templo de la gran Sodoma.
El establishment le pone precio a sus almas
Una putica más en la gran Sodoma – tenlo presente
Una putica más – putica bonita con tu celular Movilnet o Movistar

Mañana dos soldados norteamericanos morirán en algún lugar del mundo
Presagios duros tiempos de alienación – de anglicanismos y sueños rotos
Tiempos de alienación – de anglicanismos – oye putica mía me gusta la fast food
Tiempos de alienación – iré a McDonald’s y te compraré putica como si fueras un hot dog
Y te comeré cubierta con salsa de tomates y papitas fritas
Alienación – iré de shopping y te compraré putica bonita con tu celular Movilnet o Movistar
Y tú estampa fashion
Proscrito de dos mil años – te he negado tres mil veces y ahora huyes conmigo
La noche abraza a la freeway – disparos en la noche

I’m on fire – I’m on fire - eso lo dijo Springsteen
Plymouth Fury – Mustang 69
Chevy Impala 64
Crazy Horse resucitado nos hace compañía en un Cadillac robado
Mañana un pandillero será apresado en el Bronx
Y otra vez esas imágenes – mi mente divaga en el universo
Mi escondite está en la nieve de Portland
Así como el sioux que asesinaron en Dakota
Como el jefe Bromden de “Alguien voló sobre el nido del cuco”
Yo fui caído en el desembarco de Normandía – norte de Francia
Yo regresé
Mañana un soldado norteamericano de origen hispano caerá en algún lugar del mundo
En las calles me pierdo – me evaporo – mujer de humo – tú vas y yo vengo
Pontiac Sunfire - Porsche
Disparos en la noche
Dios nocturno – un fugitivo va hacia ti como bala en el viento






Para más poemas de Antonio Robles, seguir el enlace a Stand Up Poetry sobre la imagen. 





Víctor Manuel Pinto 



  

QUIETO



Diómedes  Cordero



Dice Jean Bollack que: “A pesar de los obstáculos, los textos acaban por abrirse ellos mismos el camino que conduce a su comprensión a lo largo del tiempo”. Víctor Manuel Pinto, sin posiblemente negar la afirmación de Bollack, pareciera intentar contribuir con el trabajo esclarecedor del tiempo, en relación a su último libro de poemas publicado: Quieto (Valencia: Kavrial Editores Independientes, 2014), cuando en “Nota del autor” sostiene: “Gang Bang a la Musa, no significa más que eso, conversaciones conmigo mismo producto del trabajo, de ejercicios con la música y el lenguaje, como en el Canto a Ginsberg; es el registro de las voces que se hacen presentes durante el proceso creativo, la cartografía para ahondar más en el terreno de las impresiones, seguir mis aproximaciones y limitados discernimientos en cuanto algunos aspectos de la creación poética y el creador. El tono reiterativo en los argumentos y su aparente dispersión, obedece al intento de retratar la velocidad y mecanicidad del pensamiento asociativo e inconformidad con mi limitada comprensión de la creación poética; resultado inmediato del desconocimiento de todo lo que nos influye y posee frente a nuestra pasiva condición, durante la escritura sin que veamos su rostro, como un amante detrás de un tabique en un baño público.” (el subrayado es nuestro).



“Gang Bang a la Musa”, la parte final del libro, pudiera leerse como la poética explícita de Quieto. Pinto, parece privilegiar la construcción del texto (lo construido), la textualidad, al hacer depender el sentido de los materiales y procedimientos constitutivos del poema: el subtítulo “SERIE Glory Hole” y el texto “CANTO A GINSBERG”, que abre “Gang Bang a la Musa”, escrito en inglés (la traducción a efecto de la escritura de esta nota, se debe a Luis Moreno Villamediana), asociaría Quieto a Aullido, no con el fin de la intertextualidad sino con el posible procedimiento de relacionar Quieto con el ya clásico poema de Ginsberg, a fin de compartir el mismo fin: la exposición de los materiales “negativos” de la cultura moderna como camino hacia la expansión del placer y la belleza del ser humano.

VMP y Daniel Oliveros. Presentación de Quieto. FILUC 2014. Valencia, Venezuela. Foto: Francisco Delgado Bravo



Víctor Manuel Pinto al asociar Quieto a Aullido, estaría intentando, desde su confesada compresión limitación de la creación poética, dispersar mediante la manifiesta, y paradójica, voluntad de autonomía poética la potencia de la escritura como posibilidad de desvelamiento de la vida y la cultura de la pobreza, del barrio, en que la exposición de la mecanicidad de las relaciones políticas y sociales, económicas y culturales, emocionales y sexuales (Gurdjieff) no sólo desprenderían la constitución y el sentido poético del referente, a través del trabajo sobre la lengua y el pensamiento (una voz) sino que, como lo señalan los versos de Alejandro Castro, en el epígrafe principal del libro: “Estoy absolutamente dispuesto a recordarle / a cada negro judío feo / enano bruto viejo indio bizco / calvo zurdo pobre etcétera / y etcétera que compartimos bando”, Quieto, en su asociación con Aullido, intentaría religar, nuevamente, apelando a una especie de teología negativa, los desamparados, los pobres, los a la intemperie, del barrio, de las barriadas del país, por medio de la creación de una nueva realidad poética, donde la acción crítica consciente del alcance de los materiales y procedimientos, la construcción del poema, intenta expandir la tradición poética venezolana.


Texto publicado en el  Papel  Literario del diario El Nacional, el  24 de noviembre  2014. 



viernes, 6 de marzo de 2015

2 Poemas de Pier Paolo Pasolini




CORRÍA EL CREPUSCULO FANGOSO

Corría en el crespúsculo fangoso,
detrás de grúas torcidas, de andamios
mudos, por barrios impregnados
del olor de herrumbre y de harapos
asoleados, que dentro de una costra
de tierra, entre casuchas de latones,
desaguaderos, alzaban sus paredes
nuevas y ya arruinadas contra un fondo
de lívida ciudad.
                                    Sobre el asfalto
derruido, entre penachos de pastizales acres
de excrementos y baldíos de barro
negro –que la lluvia excavaba
con tibiezas infectas- las enormes
filas de ciclistas, los quejumbrosos
camiones de madera, se perdían
cada tanto, por centros de suburbios
donde ya algún bar ofrecía círculos
de blancas luces, y bajo la lisa
pared de una iglesia se distendían
viciosos, los muchachos
                                    En torno a rascacielos
populares, ya viejos, los marchitos
huertos y fábricas erizadas de grúas
se estancaban en un febril silencio.
Pero un poco más allá del centro iluminado,
a un costado de aquel silencio, azul
una calle asfaltada parecía
inmersa en una vida  sin memoria,
tan intensa como antigua. aunque raros,
brillaban los focos de una agria luz
y las ventanas todavía abiertas
blancas de telas tendidas, palpitaban
de voces íntimas. en los umbrales
estaban las ancianas y con sus ropas
casi de fiesta, y límpidos, bromeaban
abrazados los muchachos, con hembras
más precoces que ellos.
                                    Todo era humano
en esa calle, y allí estaban apiñados
los hombres en ventanas y veredas,
con su harapos, con sus luces…

Parecía incluso en su más íntima
y miserable habitación, el hombre
sólo acampara allí, y de otra raza fuera,
aferrado a su barrio bajo un viento
pegajoso y polvoriento y no fuera
Estado el suyo, sino una confusa
pausa.
            Y aun quien pasaba y miraba
sin la urgente necesidad inocente,
buscaba, extraño, una comunión,
al menos en la fiesta del pasar y mirar.
Sólo la vida alrededor: pero en ese mundo
muerto, para él, había un presagio de Realidad.





SOLO UNA RUINA…

Sólo una ruina y el sueño de un arco,
o de una bóveda románica o romana,
en un prado donde el sol serpentea
con el calor calmo de un mar,
caída, sin amor, la ruina. Uso
y liturgia, ya extintos totalmente
perviven en su estilo – y en el sol –
para quien sepa de su presencia y poesía.
Das dos pasos y estás en la Apia
o en la Tuscolana, allí todo es vida
para todos. Un cómplice mejor
por el contrario, de esa vida
es quien de estilo ni de historia sabe.
Se truecan sus sentidos en la sórdida paz,
violencia o indiferencia. Miles,
miles de personas, polichinela
de una modernidad de fuego, en el sol
cuyo significado está presente,
oscuras se entrecruzan pululando
por las veredas deslumbrantes, contra
las casas INA y un fondo de cielo.
Soy una fuerza del Pasado.
Sólo en la tradición está mi amor.
Yo vengo de las ruinas, las iglesias,
los retablos de altar, de las aldeas
perdidas por los Apeninos o Pre-Alpes,
donde vivieron los hermanos franciscanos.
Voy por la Tuscolana como un loco,
como un perro sin dueño por la Apia.
O miro sobre Roma los crepúsculos,
y las mañanas sobre la Ciociaria,
sobre el mundo, como a estos actos
primeros de la Post-historia, a los que asisto
por privilegio de registro cívico,
desde el límite extremo de una edad
sepulta. Es monstruoso haber nacido
de las vísceras de una mujer muerta.
Yo, feto adulto, vago,
más moderno que todos los modernos,
buscando hermanos que no existen más.






Pier Paolo Pasolini






Corría en crepúsculo fangoso, y Solo una ruina... fueron publicados en el número 137 de  revista Poesía del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC.  Ambos textos completan un trabajo de Esteban Gabriel Nicotra, bajo el título de Pier Paolo Pasolini: En la Cruz de la Poesía.