jueves, 16 de abril de 2015

MECÁNICA



Diego Sequera



Con ese título, la obra de Víctor Manuel Pinto obtiene el premio único del Concurso Internacional de poesía “Ciudad de Valencia” en su edición del 2005. El premio se lo atribuye un jurado compuesto por la poeta mexicana María Baranda, el poeta argentino Martín Gambarotta y Adhely Rivero. Obtiene mención un libro titulado Somos pájaros circunstanciales en el cuerpo del horizonte de Luis Aníbal Velásquez, cuyo seudónimo, 1.506, recuerda al X-504 de Jaime Jaramillo Escobar. Libro que llama la atención y que llama la atención y que seguramente espera una lectura mayor. Como también Mecánica lo amerita. Apartando el tono Picón Salas del asunto caigamos en materia.


Ya el epígrafe de Antonio Trujillo que inaugura la obra, marca una clave que puede orientar hacia los intersticios del universo donde se desarrolla este libro: Allí/hunde su destino//arma/otro universo. Como bien se sabe, el trabajo (con él la conciencia de oficio) y las condiciones materiales que lo configuran, erigen un universo, una cosmovisión del mundo donde el individuo se desenvuelve. El de este libro es un universo proletario. Sus aspectos exteriores (materiales, objetivos) y el impacto emocional (el amor del hijo, el candelazo que propicia el relámpago del recuerdo y la imaginación creadora en un mismo impulso) parecieran imbricar una dialéctica del mundo, de los movimientos exteriores e interiores, donde el dolor (dolor social, empático, solidario, profundamente familiar) puede entrecruzarse con un reflejo estrictamente individual, íntimo, constelando así, tal vez, una de las fuentes esenciales de este libro a su vez soportado por una unidad atmosférica, de flexible armazón temática. El tema se desplaza maleable en todos los significantes que puede recoger el lector (o para quien escribe): imágenes de alcanzada profundidad, fibra argumental y reconciliación del alma por su único camino: la solidaridad de lo comprendido más profunda y soterradamente, más homenaje al hombre sencillo que elegía en tiempo pasado, a lo perdido.

Desde una ventana de taller
Las manos forjaban tiempos mejores

Tales palabras cifran el inicio del primer poema y del poemario como tal. A ellas se ciñe la mirada del poeta en el desarrollo del poemario, en la forjadura de la imagen del padre. De sus desvaríos y devastaciones, de sus resistencias al tráfago de una vida que en cierto punto termina dialogando con la desesperanza y la desolación antes del mundo en general. Es también la imagen (con todo su peso) del hombre modesto, tenaz y sencillo que en la lucha por ajustarse (o no) a las leyes de la normalidad (de la siniestra normalidad a la que nos tratan de relegar siempre) donde por la misma fuerza de las cosas termina siendo a la vez el vencido y el vencedor de pequeñas victorias, pequeñas alegrías; trazados por la mirada testimonial del hijo. Y aquí podemos hablar más en serio de otras de las fuerzas expresivas que el presente lector (quien escribe esta nota) logra atisbar: otra de las corrientes interiores que fluyen en el libro por otro cauce también dialéctico en sus resoluciones: el eterno antagonismo entre felicidad y capitalismo.

Desde una ventana del taller
las manos forjaban tiempos mejores

la ciudad
las calles crecen
y el trabajo se hace más
y menos a los hijos
que también saben hacer tamaño

ahora grita sin necesidad
patea las herramientas
fuma en el baño

sabe que llueve por dentro
y le será difícil aflojar esa tuerca

si se pasa mucho entre motores
y piezas de hierro
el corazón puede tomar esa forma

Bien sabemos que la vida en general es un proceso de transformación, pero puede que aquí sea uno de los vectores donde la palabra libertad cobra sentido (como siempre en su ausencia): la libertad (y el derecho) a transformarse de acuerdo a la voluntad que motoriza al espíritu solamente sometido por las irrefrenables leyes de lo natural, pero que en su hecho real se transforma especialmente debido a las condiciones económicas que motorizan a la colectividad. Palabras que suenan a empirismo ramplón, sí, pero también permiten elaborar una armazón abstracta de una de las tragedias del devenir. Y basta de Rousseau.



yo bajaba su vianda
aquellos días en que se reparaba
y él comía con noche en los dedos
diciéndome que tuviera otro oficio


Todo hombre recuerda una tarde con una mujer
y él la cuenta sin pensar en el dolor el banco y las heridas
el matrimonio y el abismo vendrían después

(…)

abro la boca de un carro
y el abre la suya
si el aceite no llega a la maquina se funde
lo mismo con la mujer

no entregue toda la saliva el bolsillo

míreme

no vaya a quedarse seco
como esos palos de cementerio
clavado entre tanta cosa muerta

Si por otro lado observamos el estilo del poeta, su ética ante el lenguaje, se puede coincidir en parte con el veredicto del jurado, y su respectivo tonito diseccionado: (…) Una propuesta de lenguaje directo, preciso y sencillo para tratar su universo cotidiano. Ahora bien, y sosteniendo lo que se decía con anterioridad, relegarlo a una cotidianidad exclusiva, separada y disociada es perderle el trabajo al otro eslabón que construye tal universo cotidiano.  De forma subrepticia, poco manifiesta hace presencia la conciencia de clase, puede que hable, sí, de una cotidianidad, pero tal cotidianidad es aquella fibra creadora que siempre nace de la estética de lo mundano y de las unificaciones rutinarias del mercado, por decirlo grosso modo, del abrazo a la materia, como diría Juan Antonio Calzadilla de otro poeta. La construcción está imbuida de un fuerte carácter visual, muy cercano a  un objetivismo personal, al estilo de un Charles Reznikoff o de un Igor Barreto en sus primeros trabajos, o incluso de Adhely Rivero:

Los hombres del 2.º turno de la fábrica de válvulas
soplan el frío de sus manos y se reparten cigarrillos

al encenderlos aparecen sus caras sorprendidas
por lo veloz y duro de las cosas

se parecen a mi padre
que a veces trabaja llevándolos a sus casas

un domingo lo acompaño
a fumarnos las 10:30 y me cuenta cosas
grandes cosas sobre ellos

pero se ven tan pequeños
bajo el galpón de donde salen

bajo los impermeables de plástico
bajo esta llovizna que los borra

y no alcanza a lavar el parabrisas

Si a partir de las primeras páginas se especula un poemario de universo masculino, centrado exclusivamente en las imágenes que conforman al padre, tal hipótesis puede rebatirse inmediatamente con la aparición de otros personajes que entran en escena y elaboran y complejizan un nuevo esbozo del recuerdo, que podrá tener de eje al padre, sí, y que culturalmente siendo el padre el “hombre de la casa”, activa los desplazamientos familiares, la presencia de la madre en todos su desesperaciones y tristezas, vaivenes y reconciliaciones, tormentos (o tormentas) que se manifiestan en un orden doméstico; que la presencia de la hermana está siempre en fuga, y el hermano en el reencuentro; todos los personajes son evocados por la voz que hila el sonido y la imagen, para así elaborar el retrato de la familia, retrato que siempre vamos a encontrar en eterno desplazamiento, con toda la finitud de las cosas y la aprehensión de aquello a lo que se le impone un ideal de estructura (familiar) rígido y cimentado en la permanencia. Otra de las falacias del mercado, y que en el lenguaje de la resistencia se traduce en la aceptación, en la conciencia de lo natural, y aquí entroncamos con el concepto de naturaleza con que se quiso definirla en el empírico comentario al principio de la reseña.




En las generaciones que nos preceden, siempre se encuentra irrevocable (e irremediablemente) el paso de la historia, además del de la (su) historia individual, que no es más que la misma (en minúscula) pero desde adentro. Por lo demás, libro que en su conjunto, al sumar las partes, en su mancomunidad reflexiva, deriva en canto a la nobleza del oficio, a la eterna capacidad popular de conseguir dignidad y vida a pesar de todo, a pesar de las imposturas del mercado, de la cultura de la combustión que, nuevamente, los hace a ellos (en este caso, los mecánicos) en sostén invisible de la dinámica social (su mecánica), para aquellos que conducen y ven la vida sólo tras el volante, y que sólo se quejan y comunican usando la corneta:

él siempre tuvo
camino entre el desorden

Tal vez sea un primer trecho recorrido por el poeta a su propia infancia (re)creada, fin último y supremo del espíritu: primera curvatura que es la vuelta completa a la casa de la partida. En recuperar con toda cicatriz la imagen del padre (y la madre) que es uno mismo. Y que sólo la carne de la palabra trasciende.

este es mi viejo
el que sabe descifrar la música
del vientre de los zancudos
y me dice
       escucha…
       es el silencio



A P Ó S T A T A


Narran los evangelios
que Jorge I, el Apóstata
llamado así por sus contemporáneos
El Apasionado
fue el colorista más puro del Neguev
y que cantaba en el amanecer
las canciones más bellas
mientras los Elegidos fornicaban

Enrique Chaparro Mesa




La poesía como religión

No conformes con todo el daño y las atrocidades que han anegado de sangre los ríos históricos de nuestra especie en nombre de las religiones, y no satisfechos en la actualidad con la evidencia de la más terrible ignorancia ante las decapitaciones, los disparos a la cabeza a cuerpos amarrados y arrodillados, con los bombardeos a ciudades enteras, con los centenares de niños, hombres y mujeres heridos, muertos y desplazados por las guerras políticas dizque santas, resultados de innumerables divergencias e injerencias de naciones potencia que propician la manipulación retorcida de los sistemas de regularización y administración del poder militar, económico y social de las naciones menos aventajadas. No saturados con ese ensangrentado telón que consumimos diariamente en la representación mediática de las disonancias entre las creencias espirituales de los pueblos, sus literaturas y sus cultos, disonancias que comen y vomitan sangre, que marchan sobre cadáveres a diario, en nombre de sus dioses imaginarios respaldados en bonos, en oro, en papel moneda dentro de sus lujosas arcas, bancos y depósitos. Aun así no estamos hartos y vamos más allá, queremos más, un Dios, una Diosa, y dopados con el vaho edulcorado del argumento fácil y alegre, hemos insistido en catalogar a la poesía como la última religión del planeta; azorados por un misticismo hueco, queremos elevarla como la axiomática y verdadera religión de la humanidad. Nada más preponte, nada más absurdo. Religión. Ninguna palabra sobre la tierra más desconocida.




666

Necesitaremos un símbolo para la ignorancia, la injusticia - qué difícil fue definirles la justicia -  cuánto costó evidenciarles lo más sencillo. Esa ceguera, lo que no verán ni aun frente a sí mismos en los espejos que amarán, que temerán, eso inverso al propósito que pueden alcanzar por las facultades de las que fueron dotados, eso que no les dolerá al instante como la bala en la carne del tiro, pero que al frío, al parar sus locas carreras les arderá, la herida que les llorará, que los enloquece, eso que puede llegar a poseerlos en el instante del remordimiento - santo momento -  hundiéndoles más, volviéndoles a desviar del camino hacia el cumplimiento del propósito que pueden alcanzar por las facultades de las que fueron dotados, eso necesitará un nombre. El motivo por el que se avergüencen en su soledad más íntima, oliéndose los genitales que relamen, y el sudor de los pies cansados de buscar, eso que les impida buscar, que les quite la sed con vino y los acaricie diciéndoles que han llegado, que son bienvenidos en esta Casa, eso que les convenza de lo que son, eso que les reafirme lo que no son, eso que represente la mayor traición, la más terrible, el abandono voluntario del camino hacia el cumplimiento del propósito para el que fueron hermosamente dotados, eso necesitará un nombre. Todos quieren ser ángeles…démosle uno que les impida ser uno.




Hombre Rey de la Casa


La carta del Diablo en el Tarot Rider-Waite, ilustra a un hombre y una mujer, encerrados y estáticos en la baraja de su espacio, detrás de ambos está el Diablo sentado, sosteniendo a Saturno, regente de Capricornio, en una de sus manos. El hombre y la mujer están desnudos y encadenados por el cuello al pedestal donde se yergue el Demonio con sus alas abiertas. Ambos están unidos al mundo por la cadena, esclavizados por las pasiones inferiores a lo material. Un pentagrama invertido flota sobre ellos en la carta, simbolizando al hombre cabeza abajo, connotando como fuerza opuesta o activa, la firmeza y la quietud a través de la meditación. Ni el hombre, ni la mujer encadenados pueden ver, mucho menos sentir, que el nudo que les cuelga de sus cuellos es amplio, que está flojo. Como si la ceguera, resultado de la esclavitud a sus pasiones ordinarias, les impidiera ver la posibilidad de su liberación, ese mínimo esfuerzo que les permitiera al menos percibir la condición de servidumbre a la piedra de ilusión a la que están encadenados. 






La poesía de Carlos Enrique Osorio Granado, es una creación resultado de un esfuerzo arduo y continuo por una necesidad de liberación interior. Sus textos nos dejan el sabor del instante que perdimos encadenados a la inconciencia del Diablo que nos lleva, pero nos ofrecen amorosamente una posibilidad, siempre remitida a la calma, a la firmeza, a la percepción de estar inmersos dentro de las pasionales corrientes de la mente, de los instintos; sin autoflagelos, un poema tras otro levanta un escalón más en la enorme escalera a lo desconocido de sí mismo; es una poesía llena de esperanza, todo esto, con una austeridad no poco compleja en su lenguaje. Sus poemas gozan de la elegancia que suprime cualquier cariz religioso, aun cuando su trabajo evidencia una constante pregunta, un inmutable cuestionamiento interior cimentado en su fuerza espiritual, nuevamente, sin la brillantez artificial de la baratija mística, sino más bien con su olor natural, con su acento lingüístico y circular en la forma, breve y precisa. Su persona, su máscara, no se ofrece a los salones y las orgías egotistas del antifaz del renombre literario. Su trabajo ha sido silencioso y exigente. Para quienes han recubierto a la poesía con el oro anacrónico de las medallas y los altares de la misma artificialidad religiosa de hoy, para los santos escribas, para los monjes ebrios, para los lectores de papas muertos, el trabajo de Carlos Enrique Osorio Granado, es la obra de un apóstata, uno que decidió no seguirlos en su ritualidad hipócrita. Ha dedicado gran parte de su vida al trabajo editorial y la enseñanza a través del taller, de la consulta, de la amistad, del concejo diario. El cuerpo, más que un motivo o símbolo, pesa casi con todo su tamaño en sus poemas. El cuerpo es la tregua y la lucha, la ausencia y la casa, y el hombre que aguarda, cae y se levanta, trabajando para reinar en ella.







Víctor Manuel Pinto










Los poemas incluidos en esta muestra pertenecen a los libros Saravá (1988),  Albricias (1992), Caminería (1998), Amatoria (2004), y Azimut y el camino (2013). De este último, se incluyen fragmentos del libro El camino, como parte de un conjunto de reflexiones sobre la escritura de poesía, y concejos para jóvenes poetas.


jueves, 26 de marzo de 2015

Los Antiguos Muertos de las Nubes



I

Un relámpago es una señal, es el resultado de una fricción energética entre la tierra y las nubes, es un fenómeno natural que podría englobar al mismo tiempo, en una visión metafórica, la idea de la dualidad que simula la actuación de dos direcciones escritas en la esencia de los seres humanos y que no pueden ir juntas, lo positivo y lo negativo. La expansión sonora producto del choque entre el aire frío y el aire caliente que deja el rayo dentro de la atmósfera terrestre, esa fricción de dos temperaturas donde nace el trueno, es también la propagación de la voz poética dentro de Esta ciudad es una tumba para los relámpagos del  poeta venezolano  Dannybal  Reyes Umbría.  

Un relámpago, y todo lo que de acuerdo a nuestra vida y experiencias signifique, siempre poseerá el marco de lo instantáneo, de lo efímero e iluminador, y que invariablemente detrás de sí arrastra el puño del sonido, un sonido que nunca podemos calcular con precisión, que está unido casi al mismo tiempo a la luz, y que por velocidad, por su espesura, nos llega por la espalda y nos atraca. Un trueno se escucha en toda una ciudad. Pero la ciudad del Poeta Dannybal Reyes Umbría, es otra, en la suya los rayos van a morir, van a descansar su eternidad eléctrica y vibratoria que se escucha hasta encima de las lápidas, edificios, anuncios, iglesias, bares, y calles precariamente iluminadas.  

Una ciudad de significados prismáticos enmarcada en 60 postales, 60 poemas que retratan las revelaciones de la luz de la visión diaria, la crítica, la social, y la visión de sí mismo. Poemas, que al igual que las postales, no necesitan sobres, la dimensión del espacio para la escritura exige la síntesis. Es una obra inscrita en la exaltación de la imagen, de la visión sin demasiada descripción, sin lirismo, sólo que en el caso de Reyes Umbría, a pesar de lo económico en su lenguaje que responde estrictamente a la referencia de su marco (la postal), cada tarjeta, cada texto, en una sincronía parecida al ciclo de la lluvia, nos comienza a pintar una ciudad alumbrada por el rayo de la búsqueda del amor, la búsqueda de sí mismo, la búsqueda incluso, de un país.






II

  

Un río sucio que no corre, se arrastra.

Retrata el poeta en los últimos versos de la  Postal I, y ya desde el comienzo, en ese primer Cuadrante  (El libro está más que dividido en cuatro cuadrantes, unido por ellos) desde esa primera impresión lingüística del paisaje, denota la espesura, una niebla, un movimiento carente de colores.

Todo una mirada.

Concluye el poeta en su segunda postal. Ese sentimiento de perplejidad, nos hace imaginar por un momento la condición de que quien se descubre habitante de sí mismo, y la extensión de esa sensación hasta sentirse a través de la mirada, realmente habitante de un espacio propio hecho cuerpo, al que se le suman todas las relaciones que sostienen ese complejo tejido humano donde vivimos y morimos, cercado por la regularización de lo social, dirigido y regulado por el poder, es allí donde Dannybal Reyes Umbría dibuja la tormenta, su espeso paso de nubes negras, y de una sangre pálida cuando anochece.

Los barrios, los edificios, los callejones, toda la geografía reconocible, manejable, la que conocemos por su olor, su peligro, su calidez, y por lo doloroso y lo hermoso, recorren el álbum de postales de ciudad donde la luz está bajo la tierra, donde el poeta y el hombre se exponen sin sobres al empuje social, un hombre que reconoce la posibilidad de ser dueño de sí, de sus actos, así de difícilmente sencillo:

siempre camino con mi corazón de paloma
siempre espero rescatar un perro
soy alegre como un niño que come
con hambre.                            

Postal VI

El relámpago, la descarga eléctrica, que lleva dentro de sí su grave sonido y fatal consecuencia, aclara y aparece en el goce físico, en la visión que se prolonga y agudiza de cuadrante a cuadrante, y cada postal, a pesar de ir reduciendo más sus dimensiones verbales, nos va adentrando en una historia, en la conciencia de la vivencia de un ciclo natural e interminable, podría ser el viaje eterno del hombre, que se cuenta de hombre a hombre:

Yo conozco estos líquidos caminos
de los que hablaba mi padre.

Postal XXV.

Pero no es sino hasta la Postal XXVIII, donde el clima cambia, donde la ciudad de afuera, la de piedra, la de paredes llenas de grafitis, de bloques rojos, iglesias, y bares, comienza a convertirse en una ciudad más biomecánica, que come, que huele, que toca, que besa, que piensa, y sobre todo, que siente:

Una pierna y otra pierna
un brazo y otro brazo
un seno y otro seno
un vientre y su dorso
una voz sobre todo
mi cuerpo sobre otro cuerpo
así comenzó.

Inmediatamente en la siguiente postal nos declara:

he aquí un cuerpo
grité por horas en una calle
de gente enferma.

El relámpago, la iluminación, su hermosura, la posesión de lo deseado y su confusión aparecen entonces en la Postal XXI, la purificación del fuego paradójicamente, deviene de su lúdico uso, metafóricamente hablando:

Quería apagarla con las manos
pero era un incendio
ondulación de llamas
agitándose a mi lado.

Y nuevamente, inmediatamente, como el sonido que viene arrastrándose detrás del rayo, el desconcierto, las fases de un solapado desengaño, inevitable, debido a la redondez carcelaria de nuestra condición automática, ciega, y precariamente humana:

De todo lo que aquí estaba
apenas quedan las señales
alguien se hartó de tus piernas.

Postal  XXV

Apenas en un punto de culminación eléctrica, aparece entonces la rasgadura, la lluvia que saca el humo de la tierra y las cosas que ardían y ardieron, y que luego sólo quedan expuesta a los vapores que asfixian:

Llovió entonces
en el lugar preciso

Al paso de la lluvia y el trueno, aparece entonces el apego por el refrescamiento, por lo que sana el deseo, la herida del fuego físico y que a su vez, con cada roce líquido, aviva el dolor, un ir y venir del fuego al agua, y del agua al fuego:

Qué podría yo decir
una batalla interminable.

Traza el poeta al final de unas de las 60 postales que testifican la historia de un relámpago que se enamoró de la tierra cuando la vio mojada, cuando comprendió que lo que anunciaba la rama seca de su cuerpo eléctrico, el presagio de su luz, no es más que la viva causa de su existencia y su muerte simultáneamente:

un largo territorio de truenos
        sorbo
de tierra húmeda
o la urgencia de tu sexo.     

Postal XLVIII

O

Otra vez ocultándome en tus cabellos
mientras la lluvia cae
abrigo de cegueras

O como afirma en la Postal LII, el agua, el cuerpo de la lluvia, y el cuerpo de la compañía,  se torna fluvial, se desliza por la piel de la tierra hasta sus altares de piedra.

eres río que vuelve a la montaña
invisible debajo de las sábanas.

El lenguaje  de Esta ciudad es una tumba para los relámpagos, la velocidad entre una imagen y otra soldada a los versos cortos, como respiraciones agitadas, rompen la manera habitual de lectura, cada cuadrante trae consigo una imagen que encaja en el siguiente, dejándonos a la espera de un desenlace que no palpamos a simple vista, como si el poeta dejara ante nosotros la escritura de esa última postal, de ese último poema, de esa última gota de lluvia, o esa primera, con la que empieza o acaba el invierno, no sin antes la presencia de los relámpagos, no sin la autoridad de los truenos, que con este libro de Dannybal Reyes Umbría, asociamos a las plegarias de los antiguos muertos de las nubes, y mientras oramos y pedimos a Santa Bárbara que aplaque la tempestad del cielo, ellos no hacen más que pedir y orar por sus rayos, sus relámpagos enterrados en la ciudad que ahora es su tumba.




Víctor Manuel Pinto


miércoles, 25 de marzo de 2015

Otto de Sola



EN LOS CUATRO SIGLOS DE VALENCIA

I

Antes de tu nacer, de tu raza de piedra, eras la selva
con inquieto diamente en las hojas tropicales.
la eternidad olfateaba la cáscara vacía de los muertos
            volcanes
y el fuego era soplado, como una noche roja,
por los indios desnudos.
El fuego allí crecía, tenía alas perversas,
derrumbaba los ceibos como negros lingotes planetarios
pasaba por los ríos despertando esas bestias fluviales
que se arrancan del pecho toda la oscuridad.

Antes de tu nacer, de tu raza de piedra, el viento detenía
            las águilas nocturnas;
las buenas, se quedaban, pero las malas nunca cerraron su plumaje
para seguir llevando pellejos a las cuevas.
Tu raza de piedra es raza de ciclones.
En la entraña de la piedra dormida deja el tiempo,
            a menudo, la lengua de los astros,
se amamantan los astros
en esas grandes tetas de tiniebla
y después, con mil golpes, saliendo de lo oscuro
del fondo de los dioses minerales, como salvajes monos enlutados,
los astros se iluminan, abandonan las capas de los muertos,
la tiniebla heredada en el rudo contacto con la noche,
            con la muerte,
con el fondo del mar.

Los astros se iluminan y en finos movimientos
penetran silenciosos entre las anchas hojas del tabaco,
allá en los precipicios, vestidos con espejos, penetran sin
            romper
la luminosa patria del rocío.



II

Ahora está construida la claridad del mundo.
La raza de la piedra tendrá su corazón:
¿Una ciudad? ¿Un sueño?
¿Un mordisco profundo en los volcanes?
Tendrá nueva ciudad la raza de la piedra
en cuanto llegue el hombre
con espesa armadura de caimanes,

blanco, como la nieve, con botas españolas.




Otto de Sola en 1954 (Reproducción fotográfica de H. López Orihuela)






Otto de Sola. Poeta. (Valencia, Venezuela, 1912 - Palma de Mallorca, España, 1925)


martes, 24 de marzo de 2015

Lamento Jíbaro



Todo aquél que anda de noche arrastrando las cadenas, lleva un dolor en el alma y va ocultando una pena.

Lamento Jibaro
El Gran Combo de Puerto de Rico.




¿Qué es la poesía?, ¿Quién la hace?, ¿Para qué sirve?, ¿Quién la valora? A lo largo de la historia de este género de la literatura, los hombres han engordado de respuestas a estas preguntas, y cada una, independientemente de su veracidad o no, ha servido como base para enmarcar, catalogar, incluir y marginar, a quienes en teoría se han proporcionado un concepto de este género literario a través del trabajo propio, o ajeno, apoyados en el estudio de otras obras. Existen quienes le han dado un provecho, otorgándole una funcionalidad dentro de la sociedad, y abundan, quienes se han atrevido, basados en sus propias ideas, juicios y subjetividades, a clasificar e identificar la calidad de lo que como poesía se concibe. En fin, sería una tarea kafkiana tratar de poner la cruz en el mapa histórico de la expresión de los hombres, y saber en qué momento el canto a la tierra y la lluvia del aborigen, se convirtió en el espacio para el desarrollo de la confesión de nuestras intimidades, sostenidas en flacas estructuras formarles de la lengua, siempre encaminadas a la complacencia del gusto externo; todo esto, en nuestra lamentable comodidad, a solas.


 Para el hombre que violentando las leyes de los hombres encaminó su propia vida a la limitación de sus libertades ciudadanas,  los elementos comunicativos inherentes a sí mismo, adquieren una nueva y mayor significación dentro de su confinamiento. Para el preso de su condición psicológica, el preso de su estado emocional, para el preso de su terrible condición y marginación social, el lenguaje puede convertirse en un chuzo agudo para defenderse de sus propios enemigos y demonios. Para ese ser humano confinado a la celda y a la lotería fatal de los pabellones penales, el silencio y la soledad de un calabozo no es más que el patio donde se baten a duelo sus pensamientos, hechos bulla mental, recreados en asociaciones ilusorias, en proyecciones que se repiten y repiten hasta llevarlo al reflejo físico de la ansiedad. El que preso así vive y muere bajo el sello de defectuoso, de escoria de la masa educada y civil que nos suponemos, el lenguaje puede ser el lugar común de una llave, donde a través de la expresión de su mundo interior matizado con la red simbólica de su entorno, encontremos precisamente ese lugar donde somos comunes, donde el lamento es el canto de la constatación de nuestra semejanza en la vulnerabilidad.


Para estos hombres la importancia de una respuesta esnobista, pretensiosamente certera, a lo que es la poesía no tiene cabida. No quieren, menos buscan, una posición dentro de un  mundo literario que denote sus existencias, lo que son frente al hecho expresivo de buscarse, nombrarse, negarse o reafirmarse a través del lenguaje desde sus singulares condiciones. Estos hombres venezolanos en varias prisiones del país, escriben y reflexionan sobre sí mismos y su escritura, lo hacen desde el furor agridulce del lamento, desde adentro hacia afuera, con la clara contundencia de quien se observa y descubre su realidad inmediata, su presente más exacto, en silencio, y a solas.



Víctor Manuel Pinto





Los textos seleccionados para esta muestra fueron escritos por privados de libertad en varios centros penitenciarios venezolanos, y se encuentran incluidos en libros antológicos sobre literatura penitenciaria. Fueron revisados los trabajos de la religiosa Marita King (Los presos también sueñan) así como varios volúmenes preparados por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, dentro del sistema nacional de talleres literarios en espacios no convencionales.